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El Sinodal de Aguilafuente. Impresión e historia. Por : Amando Carabias.

Durante los últimos años se debate en medios de comunicación, foros, reuniones, simposios, incluso conversaciones de cafetería, acerca de la supervivencia o extinción del libro tal y como lo conocemos. Me confieso un romántico de este objeto, cuyo diseño es uno de los más acertados que ha creado el genio del ser humano, pero, al mismo tiempo, sé que los avances tecnológicos son casi siempre imparables.Hubo otro momento capital para la historia del libro. Un momento en que, quizá, también alguien pensara que los avances tecnológicos podrían acabar con la esencia del libro. Un momento en que ese paso definitivo y sin vuelta atrás, también llegó a los reinos de la Península Ibérica. Pongamos que hablo de 1472… ( Amando Carabias )

 

 

El Sinodal de Aguilafuente. Impresión e historia. Por :  Amando Carabias.

 

 

 

En realidad, y si uno fuera más preciso, debería remontarse unas décadas atrás, y acercarse a Maguncia (Alemania), donde Gutenberg había inventado la imprenta de tipos móviles, un artilugio que rompía con el pasado de modo definitivo y era el primer gran paso para que los conocimientos escritos tuvieran amplia difusión en poco tiempo.

Pero me quedaré en 1472, cuando en Segovia, el obispo Juan Arias Dávila, tras algunas pruebas previas en forma de bulas y lo que hoy llamaríamos octavillas o sueltos, ordena a Juan Párix la impresión según los métodos ‘modernos’ de El Sinodal de Aguilafuente, libro que recoge las actas de tal reunión eclesiástica celebrada entre el 1 y el 10 junio de aquel año en el pueblo segoviano de Aguilafuente. Este códice es el primer libro impreso en España y escrito en castellano. El incunable está compuesto a partir de un manuscrito titulado Códex canónum. Ambos pueden contemplarse en el museo de la catedral de Segovia. Dos años después, en Valencia, sale de la imprenta de Lambert Parlmart el primer libro considerado estrictamente literario, escrito en valenciano y cuyo título es Obres o trobes en lahors de la Verge Maria. Poco a poco las imprentas fueron proliferando en todo el territorio. De tal modo que al final del XV se contaba con una treintena aproximadamente.

¿Cómo explicar que el obispo Arias Dávila llamase a un impresor o tipógrafo a estas tierras, en el corazón de Castilla?

Es sabido que en esa época el reino no tiene una capital fija, sino que ésta radicaba allá donde estuviesen la corte y el rey, y, aunque la corte era itinerante, Enrique IV pasaba larguísimas temporadas en Segovia. La ciudad contaba con algunas incipientes industrias e incluso tenía Ceca donde se acuñaba moneda[1]. También conviene tener en cuenta que Juan Arias Dávila, sin duda influido por su formación y sus estancias en Roma, personifica en Castilla la figura del alto eclesiástico renacentista preocupado por el humanismo, los saberes, artes, ciencias e industrias. Y mucho más relacionado con este asunto, hemos de señalar que en 1466, con el favor real y a instancias de este obispo, se había creado el Estudio General de Segovia, un centro de formación para eclesiásticos, que necesitaba ser abastecido de obras para la enseñanza.

Juan Párix había llegado a Segovia, procedente de Roma en 1469. Así pues pasaron unos tres años antes de que se imprimiera el libro. El viajero aún puede ver la humilde fachada del edificio donde el impresor, nacido en Heildeberg (Alemania), tuvo su imprenta hasta 1475, fábrica de donde salieron ocho o, más probablemente, nueve títulos. Para contemplarla y leer la pequeña placa cerámica que da cuenta del fin al que se dedicó este edificio, el visitante no ha de desviarse de una de las rutas obligatorias para quienes se acercan a la ciudad, pues está muy próximo al Alcázar, en la parte baja de la calle Velarde.

El urbanismo de la zona no era cómo hoy se observa. Desde este punto de la calle sería imposible contemplar la esbeltez del Alcázar, pues la Catedral Vieja de Santa María se erigía donde hoy está la explanada por la que se accede hasta la fortaleza. Cuando el impresor germano llega a Segovia desde Roma, faltaban cincuenta y un años, para que en 1520 esta catedral acabase destruida durante la revuelta comunera, en un episodio que ahora no hay espacio para glosar, simplemente apuntaré, como el propio Enrique IV intuyó años antes, que era muy peligroso que los símbolos máximos del poder religioso y militar fueran vecinos.

Así pues, la imprenta regentada por Juan Párix estaba en la zona de Las Canonjías, barrio de la ciudad en que vivían los canónigos, barrio que cerraba sus puertas por las noches, barrio custodiado por vigilancia soldadesca, barrio al que tenían prohibido su acceso las mujeres, salvo las más feas, tal y como figuraba por escrito en una disposición que los vigías tenían que hacer cumplir.

No conviene que pensemos en una imprenta como las actuales, ni siquiera en que las tiradas fuesen de un gran número de ejemplares. Más bien todo lo contrario, puesto que, a pesar de lo revolucionario de este invento, aquellas imprentas tenían más que ver con lo artesanal que con lo industrial. De hecho, del libro que nos ocupa sólo se tiene constancia del ejemplar de la Catedral de Segovia. Aunque Diego de Colmenares lo cita en su Historia de Segovia, al inicio de los estudios sobre los orígenes de la imprenta en España, no había constancia material de ningún ejemplar, por lo que en esos primero momentos de investigación, se dio por hecho que el primer incunable impreso entre nosotros fue en Valencia en 1574, el ya referido Obres o trobes en lahors de la Verge Maria. Sin embargo, en 1930, don Cristino Valverde (a la sazón archivero de la Catedral segoviana) encuentra este volumen, por lo que desde ese momento, se considera a este texto, el primer libro impreso en España.

¿Qué es el El Sinodal de Aguilafuente?

Hablamos de un libro que, además de ser el primero impreso en España, también es el primero en español, y el único debido a Juan Párix en nuestro idioma, pues el resto está en latín. Físicamente es un libro pequeño: 48 hojas impresas y catorce en blanco de 235 x175 mm. Desde el punto de vista del contenido, es un intento del obispo Dávila de reformar la disipada vida del clero y los laicos. Tal y como dice una edición debida al Instituto castellano leonés de la lengua, donde gracias a Susana Vilches y Javier Pompeyo Martín, además del texto original se puede leer en castellano actual, estamos ante un libro que nos muestra “un jugoso, fascinante catálogo de prosa viva, de alta temperatura coloquial y mórbido sabor de época. Los vicios, las malas costumbres, los licenciosos hábitos de frailes y curas aparecen retratados con fogosa prolijidad. Se trata, en suma, de un excelente retrato de época”.

Como ya he comentado, Juan Párix imprimió en Segovia probablemente nueve libros. De ocho se tiene perfecta constancia y, al igual que el primero, son textos de carácter jurídico-canónico; pero, según apunta Julián Martín Abad en Los primeros tiempos de la imprenta en España (c. 1471–1520), existe un noveno. Hablamos de De Confessione, obra escrita por el teólogo Pedro de Osma. Este libro fue confiscado, reprobado y quemado por la Inquisición en 1479. Su autor fue juzgado por el Santo Oficio, al ser consideradas heréticas algunas de las afirmaciones expresadas en la obra expurgada.

Casualmente, o no, Párix abandona Segovia y el reino, poco después de la impresión del libro de Pedro Osma, obra que, desde el primer momento, levantó muchos recelos y animadversión, y se estableció en Tolouse, donde murió en 1502. Durante aquellos primeros años, el oficio de tipógrafo o impresor, además de casi artesanal, era itinerante y no era una profesión que dejase pingües beneficios, como atestigua el final de la vida de Gutenberg. La lectura, como es bien sabido, era ajena a la mayoría de seres humanos. Salvo el clero y quizá una parte de la nobleza, leer y escribir eran consideradas habilidades poco menos que suntuarias, o propias de gentes desocupadas. Por tanto los impresores no lo tenían fácil. Sin embargo, y precisamente gracias a la propia imprenta, el acceso a la lectura se fue ampliando poco a poco.

Desde el día en que se imprimió el Sinodal de Aguilafuente, han pasado casi 540 años. El libro ha evolucionado poco, porque su diseño era perfecto, de hecho, su presentación digital, sigue manteniendo, si bien se mira, una estructura semejante. En estos casi cinco siglos y medio, han variado los modos de imprimir, la calidad del papel, las tiradas, el número de lectores, las formas de almacenamiento…, todo cuanto se quiera. Sin embargo, en esencia, casi nada ha cambiado. Al final, el ansia por saber, soñar, contar, investigar o recordar empujan al género humano a transmitir a los demás (a cuantos más, mejor), en el menor tiempo posible y al coste más bajo, tales sueños, sabiduría, descubrimientos, fantasías, vivencias, pensamientos…

Hubo un momento en que una revolución tecnológica dio un vuelco a la historia del libro. Se pasó de los libros escritos a mano por escribanos y amanuenses, a los impresos en letra de molde. Siglos antes, el papiro (antepasado próximo al papel) sustituyó a otras superficies cuya misión era soportar los textos ideados por historiadores, filósofos, poetas, narradores, investigadores, matemáticos, geógrafos, científicos, teólogos, juristas o reyes. También fueron instantes similares a la que ahora estamos viviendo con el libro electrónico. El primer ejemplar de libro salido de una imprenta en España, fue en una sita en uno de los edificios de las canonjías de Segovia, donde hoy la calle de Velarde casi desemboca en el Alcázar. El libro ya había cambiado para el ser humano, aunque quizá sólo el futuro fue consciente de tal alteración. El libro ha seguido modificándose. El libro seguirá mudando de aspecto, como la misma existencia humana, pero nunca morirá. Aunque sea digital, por tanto casi inmaterial, en el fondo sólo se habrá alterado el soporte y el modo en que las ideas se convierten en palabras fijadas sobre su pantalla.

Mientras haya un escritor y un lector, habrá un libro. Las circunstancias adyacentes a estas tres esencias citadas son eso, variables que el paso del tiempo transmuta, tal y como se viene demostrando durante los últimos cinco o seis mil años de historia humana.

 

 


[1] Esta primitiva CECA a la que me refiero, también se debe a la iniciativa de Enrique IV y es la predecesora de la recientemente restaurada Casa de la Moneda, que mandó construir Felipe II.

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  • Flamenco Rojo

    mayo 16th, 2012

    Magnífico artíulo amigo…mientras haya gente que escriba como tú habrá lectores. Enhorabuena por el trabajo.

    Un abrazo.

  • Marina

    mayo 17th, 2012

    ¡Caramba!!! Pues ya tiene mérito ese libro y un gran valor histórico.

    Y como tú bien dices, mietras haya un escritor… Y yo digo como tú por ejemplo! Habrá un libro que acaricie nuestras manos, nuestros sentidos.

    Enhorabuena Amando, por este precioso texto.
    Un beso y gracias.

  • catherine

    mayo 18th, 2012

    ¡Ah! el viejo tiempo de las tablillas antes del papiro… me reío, pero si no tengo ningun e-book y prefiero de vez en cuando una edición bellísima en papel vitela entiendes que me encanta esta historia de la primera emprenta española publicando además un libro en castellano y no en latín.

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