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Fernando Arrabal: ochenta años jóvenes. Por : Elías Gorostiaga.

El pasado Agosto Fernando Arrabal llegó a los ochenta años, con ese mismo aspecto de duende viejo del bosque, de las torres, de los estanques, de las lápidas rotas. Es un tipo que habla en dos tonos, uno el sempiterno icono surrealista, el que más gusta, por el que todo el mundo le conoce, de la misma manera que se recuerda a Daly o al Gran Wyoming, por sus bobadas y un segundo tono mucho más bajo y menos audible, para el que hay que sentarse, atentos y aislados y poner en marcha la grabadora. Estuvo prohibido, exiliado, amenazado, fue peligro público para el régimen franquista que echó pestes contra él, lo que le brindó una pátina lo suficientemente partisana como para exiliarse en París, lugar en el que se convirtió en uno de estos dioses que los franceses veneran con la ayuda de Sartre  o Ionesco, hasta que él mismo inventó su propia escuela, su propio teatro pánico, su súper ego. ( Elias Gorostiaga).





Fernando Arrabal: ochenta años jóvenes. Por : Elías Gorostiaga.


Mucho después del aliento de ajo, pimentón, fiestas patronales, vino a granel y antes de que todo el mundo se hiciera rico de la noche a la mañana vendiendo el pisito de la abuela, España entró en la modernidad de los años ochenta, de aquella era tan súper way, súper moderna de Alaska y los Pegamoides, se le abre la puerta (1982) al chivo de oro y se le concede el premio Eugenio Nadal, con La torre herida por el rayo. Desde ese momento Arrabal se elevó a los altares de la taberna española y no había instituto de secundaria, universidad, agrupación, congregación judeo masónica o asociación de vecinos, que no subiera alguna de sus obras a las tablas de un teatro. Para entonces, Arrabal era uno de los dramaturgos más respetados y representados de todo el mundo y el lo sabía y abusaba de ese prestigio, pero su gran representación, la más sonada y estúpida llegó en televisión, borracho de vino, para el programa de La noche (1989) con un Sánchez Dragó superado por el impulso caótico del escritor.     

Y eso le gusta a la gente, a la gente que nunca ha visto ni leido Pic nic, El triciclo, El cementerio de automóviles, obras que a mi me enloquecían cuando tenía edad para enloquecer. Y es lo que pasa con estas cosas que al final queda el bufón y se olvida al héroe, un escritor francés  y un público español, con la camisa ensangrentada de Goya, la navaja y las patillas, que no se atreve a ser republicano sin pedir permiso al Rey y que a la vez llena su salón de cotilleos, toreros, presentadoras de Tele5 y demás carroña. En estos y en todos los años Arrabal siempre ha buceado en los terrenos de la física, de la Pataphysique, de los bosones gigantes y de todo ese terreno pantanoso y a la vez literario, junto con el juego del ajedrez, apasionado, así como apasionado por Bobby Fischer, porque esos años ochenta el ajedrez vivió momentos convulsos cuando el nuevo rey ruso decapitó magistralmente al viejo poder comunista, que terminaría con aquella crisis política de los comunistas de hierro y el muro de Berlín enrocado desde la guerra fría.

La torre herida por el rayo, muestra todo ese carácter carnavalesco de Arrabal y a la vez le situó como un novelista que sabe llegar a la literatura, y volviendo sobre sus páginas a uno se le abre la sonrisa al ver en ellas restos de la literatura de Agustín Fernández Mallo, la de las partículas elementales de Houellebeq, también amigo, escritor y cineasta de moda al que Arrabal se agarra con fuerza, con su corbata sin pajarita y seguir saliendo en la foto. Felicidades maestro, es un placer.

 

 

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  • catherine

    septiembre 23rd, 2012

    No he leído nada más de Arrabal que sus cronicas de ajedrez que me apasionaban a pesar de mi ignorancia completa de este juego u arte.
    A ver si me puedo enloquecer a mi edad al leer una de su novela.

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