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Literatura y Cárcel del Arcipreste de Hita a Miguel Hernández. Por Javier Carrasco

 

 

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“Desde hace muchos siglos, pongamos que desde la Edad Media, el escritor peninsular se ha tentado la ropa antes de escribir o hablar, no fuese que sus palabras fuesen malinterpretadas por quien tenía la fuerza o la ley para privarle de libertad” Dice nuestro redactor.

El Arcipreste de Hita, San Juan de la Cruz, Cervantes, Quevedo, Jovellanos, podrían dar fe de ello.

Un repaso a sus historias también es un repaso a la tentación del Poder de acallar la libertad. Javier Carrasco nos lo cuenta en este artículo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Literatura y Cárcel del Arcipreste de Hita a . Por Javier Carrasco.

 

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En España escribir es llorar, ya quedó dicho por alguien, pero además, en un tiempo no tan lejano quien se dedicaba al oficio de las letras corría a menudo el riesgo de acabar con sus huesos en la cárcel, marchar al exilio o de que le pegasen un tiro. Que se lo cuenten a Lorca y Maeztu, víctimas de nuestra última (y esperemos que definitiva) guerra incivil. En nuestro país, la literatura, la cultura y el pensamiento han sido siempre actividades de riesgo que han despertado el recelo, cuando no el más rotundo rechazo de los poderes, a veces secundados por un pueblo cerril. Hoy parece que felizmente hemos superado esa etapa de desconfiar de toda señal de inteligencia, aunque tratándose de la historia de España nunca se sabe si volveremos a las andadas. Es nuestra manera de ser, de ir destejiendo lo tejido por la generación anterior, dejándonos ganar por los viejos demonios para echar a perder los logros alcanzados.

Desde hace muchos siglos, pongamos que desde la Edad Media, el escritor peninsular se ha tentado la ropa antes de escribir o hablar, no fuese que sus palabras fuesen malinterpretadas por quien tenía la fuerza o la ley para privarle de libertad. Pienso, por ejemplo, en el primer literato ilustre de nuestras letras que fue hecho preso, el simpático y procaz, frecuente visitador de conventos de monjas, Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita, que fue a la cárcel por expreso deseo del arzobispo de Toledo, Gil de Albornoz, y en donde escribió parte del Libro del Buen Amor. Parece que el origen de su encarcelamiento fue una falsa delación de los clérigos de Talavera, enojados por la sátira que el Arcipreste hacía de su proceder mundano, que no casaba necesariamente con el sexto mandamiento.

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Otro religioso que tuvo también serios problemas con sus hermanos en la fe fue el gran poeta Fray Luis de León, el de la hermosa Oda a la vida retirada, que pasó cuatro años recluido en la prisión de Valladolid. A este agustino los dominicos se la tenían jurada desde que les había ganado la cátedra de Teología en la Universidad de Salamanca. Cualquier pretexto podía ser adecuado para llevarle ante la Santa Inquisición, y este se presentó en forma de una traducción directa del Cantar de los Cantares del texto hebreo, algo prohibido en aquella época. Al cabo de esos cuatro años recuperó la libertad y pronunció sus célebres palabras: “Decíamos ayer”. Sólo él sabe lo que debió sufrir y meditar en las noches frías de Castilla.

Coetáneo de Fray Luis de León fue San Juan de la Cruz, que conoció también la experiencia de la cárcel. En la prisión de Toledo, el santo, castigado sin luz y privado de los elementos de escritura, memorizó parte de su Cántico espiritual. Después, gracias a la ayuda del nuevo carcelero, Fray Juan de Santa María, más comprensivo que el anterior, San Juan de la Cruz pudo escribir los versos en un cuadernillo que conservó cuando huyó de la cárcel.

Tanto el Arcipreste de Hita como San Juan de la Cruz aprovecharon su soledad forzada para alumbrar parte de su obra literaria. No fueron los únicos porque también Cervantes concibió el Quijote en la cárcel, “donde toda incomodidad tiene su asiento”, como dejó escrito. Cervantes, acostumbrado a manejarse con las desgracias de la vida, debió de ser un experto en la vida carcelaria pues entró en prisión en tres ocasiones, en ninguna de ellas por sus escritos, sino por motivos más prosaicos como vender trescientas fanegas de trigo sin autorización, depositar dinero en un banco que quebró o tener la mala suerte de que un hombre fuese asesinado en la puerta de su casa en Valladolid. Las deudas con los acreedores fueron la causa de que otro gran escritor, a su vez contemporáneo de Cervantes, Mateo Alemán, sevillano que escribió en un castellano portentoso, acabase dos veces en prisión. Eso no le impidió pasar a la historia gracias al Guzmán de Alfarache.

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Cervantes y Alemán no fueron amigos de intrigas políticas ni interesados en medrar en torno a la vida palaciega. Pero siempre ha habido escritores seducidos por la proximidad de la púrpura y por los beneficios que de ella pudieran extraer. Pero López de Ayala, nacido en una familia noble, jugó sus cartas en la política de la época, allá por el siglo XIV, poniéndose de lado del futuro rey Enrique II en su lucha con Pedro I. Al principio no le salió bien la jugada, lo que le llevó a la cárcel seis meses, hasta que la fortuna le sonrió cuando su candidato Enrique II accedió al trono. Lo que el canciller López de Ayala no podía imaginar es que su paso por la cárcel se repetiría, pero de una manera más dolorosa, tras la derrota de los castellanos frente a los portugueses en la batalla de Aljubarrota. Dos años y medio fue privado de libertad en los castillos de Leiria y Obidos.

Política y literatura fueron las dos pasiones, si pasiones alguna vez tuvo, de Francisco de Quevedo. Excepcional escritor, el más grande si no hubiera nacido Cervantes, Quevedo comprobó también lo esquiva que a veces puede resultar la suerte cuando te metes en política, que siempre implica pactar con el diablo. Con el Duque de Osuna, su valedor, vivió días de reconocimiento y esplendor hasta que su protector cayó en desgracia en 1620, y Quevedo con él. Fue desterrado a sus posesiones de La Torre de Abad, estuvo en encarcelado en el monasterio de Uclés y sufrió arresto domiciliario en Madrid. Con el nuevo monarca, Felipe IV, su figura fue rehabilitada pero volvió a ser encarcelado en 1639 por motivos políticos. No vería la calle hasta cuatro años después. Viejo y enfermo, se retiró a su casa en La Torre de Juan de Abad donde murió en 1645.

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Jovellanos es otro de los escritores que coquetearon con la política y pagaron un alto precio por ello. Con sus aciertos y errores, Jovellanos representa como nadie los límites de la Ilustración en España. Confió en el despotismo ilustrado de Carlos III, pero cuando el hijo de este subió al trono y demostró no compartir los ideales de progreso del padre, Jovellanos fue desterrado a Gijón. Godoy lo recuperó y le otorgó el Ministerio de Gracia y Justicia. Sería una cartera fugaz porque Jovellanos cayó víctima de las fuerzas de la reacción. Lo enviaron a Mallorca, y en el castillo de Bellver estuvo casi siete años.

De todas las historias aquí contadas la más triste es la última, ya en el siglo XX, porque acabó mal, la de Miguel Hernández, que sufrió la inmisericordia de los vencedores de la guerra civil, preso itinerante de cárcel en cárcel, en Madrid dos veces, Orihuela, Palencia, Ocaña y Alicante. En la prisión de Torrijos escribió poemas para su Cancionero y romancero de ausencias. Son días, semanas, meses de hambre y de verse comido por los piojos, de sólo recibir el calor de sus compañeros de celda, entre ellos Antonio Buero Vallejo, quien nos dejó un retrato de aquel Miguel Hernández famélico y de ojos expresivos. Al final contrajo la tuberculosis y murió poco después. Fue el 28 de marzo de 1942, a las cinco y media de la mañana. Su nicho puede ser visitado en el cementerio Nuestra Señora de los Remedios de Alicante.  

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  • Pilar Moreno Wallace

    febrero 23rd, 2014

    Muy interesante este artículo. Aún hoy día hay países donde para el que escribe no se lo ponen facil.

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