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Matemáticas. Por : Manuel Espada.

Presentamos en nuestra sección algo que no es habitual en nuestras páginas; un texto creativo, perteneciente en este caso al género del cuento.

Y lo hacemos así por la calidad literaria del escrito en cuestión, que, en este caso, viene a poner una guinda en el número 75 de Alenarte.

Manuel Espada es escritor ya conocido, guionista, director de diversos programas televisivos, entre ellos ejerció el puesto de subdirector de programas especiales en Antena 3 televisión.

Ha publicado distintos libros, por citar algunos, El Desguace, Fuera de Temario y Zoom.

Su prosa es brillante, sobria, elegante, contenida, sin adornos que dificulten la esencia de la lectura.

Alenarte quiere agradecer al autor la generosidad del envío. Sus páginas crecen con él.

 

 

Matemáticas. Por : Manuel Espada.

 

 

 

 

Seis y cinco. Nueve viajes en su ticket. Pi coge un periódico al pasar el torno. Cero pesetas. Es gratuito. La ventaja de madrugar. Antes de las siete de la mañana hay numerosos ejemplares. Unos cinco mil diarios, calcula. No soporta ir sentada en el metro sin nada que llevarse a los ojos. Dieciséis páginas. Nueve mil , mil quinientas palabras, ochocientas páginas. El trayecto hasta el trabajo es largo. Una hora y nueve minutos, once paradas, tres transbordos. Líneas seis, tres y cuatro. Ochenta pasajeros por vagón y dieciséis asientos. Quince kilómetros cuatrocientos metros hasta el instituto. Cuando Pi sacó las oposiciones de secundaria jamás pensó que el puesto de profesora de matemáticas le acabase generando una neurosis obsesiva. Al menos es la única explicación que encontraba su familia. Ella siempre había sido de . Demasiados números. Su nombre es Pilar, los seres queridos la llaman Pi, y sus alumnos 3,14. Piensan que es un número primo. Las gruesas lentes de sus gafas de pasta (4 dioptrías) y la cola de caballo le dan un aire de logaritmo, aunque es tan esbelta como el símbolo de una integral. Quedan tres cuartos de hora para que dé su primera clase del día. El andén está abarrotado. En ocasiones se encuentra con sus alumnos. Un marcador digital señala una cuenta atrás de veinte segundos, pero el tren hace su propia resta y llega antes de tiempo. Las dos puertas se abren y la resaca humana se multiplica hasta arrastrarla a un océano de pisotones y manotazos. Se agarra a la barra vertical con su brazo en ángulo recto y otea la abarrotada perspectiva. Parece preocupada. Está triste desde hace dos años. Jamás le habían atraído las matemáticas. Ahora son su obsesión. Podrían haberla salvado. Pi lee el titular del periódico. Nada interesante. Aún no se ha publicado la noticia que espera con ansiedad desde hace ochocientos días. Pi es de esas personas que tras ver el titular le da la vuelta al diario y mira la contraportada. Otro reportaje sobre el cambio climático. Un coñazo. Saca el lápiz del bolsillo de su camisa, pasa otra hoja mientras mantiene el equilibrio sobre el vagón en marcha y comienza a rellenar el sudoku.

Los vaivenes desconcentran a Pi del juego. Frente a ella, un chico con aspecto retraído también realiza un sudoku con gran interés. Tiene unos veinticinco años, como ella. Lleva unas gafas enormes sobre la cabeza, por lo que se ve obligado a enfocar frunciendo el ceño en un gesto que le daba cierto toque sexy. Es guapo, piensa Pi. Incluso le diría algo, pero hace tanto que no se atreve a acercarse a un hombre. El muchacho esboza una sonrisa y dobla el periódico en dos. Ha terminado el sudoku. Ella lo mira con un gesto de ternura. Se preguntaba si también se habría tirado al pozo de los números por obligación. Una forma de ordenar el tiempo y el espacio, de tenerlo todo bajo control. El tren se detiene de nuevo. Tercera parada de la línea seis. Tan sólo se levanta una persona, una señora gorda. Unos ciento diez kilos. Precisamente la mujer que iba sentada al lado del chico. Decenas de personas sentadas y tan sólo ella se levanta. Intentar comprender las buenas casualidades con dígitos es como explicar la luz de las estrellas con cifras. A nadie le interesa. Menos a Pi. Al fin y al cabo los griegos tenían un modelo de belleza, proporciones ideales, medidas exactas. El cuerpo debía contener siete veces la cabeza. Tenía que haber una ecuación racional que explicase por qué precisamente aquel asiento había quedado libre. Por qué ocurren las cosas. Las causas.

El muchacho de las gafas en la cabeza enfoca la mirada en Pi y le hace un gesto para que ocupe el asiento vacío. Dos casualidades ya eran tan difíciles como ordenar por orden cronológico todos los planetas del Cosmos. Una especie de Big-Bang en directo, miles de bolas de billar colándose en los agujeros de la mesa con tan sólo un golpe de taco. Tras dudarlo un instante, Pi accede. No está mal. Y hace tanto tiempo. Un chico. Dios mío. Pi despliega el periódico sin mediar palabra. Su acompañante también permanece mudo. ¿Se produciría una tercera casualidad? ¿Quién ordena el caos para que deje de serlo? Ni los curas habían despejado la incógnita en siglos. La Santísima Trinidad. ¿Qué carajo era eso? Los números del sudoku se convierten por momentos en un gigantesco jeroglífico. Dígitos titánicos envuelven a Pi. La quinta parada de la línea seis. La voz más famosa de la ciudad asoma por los altavoces: “Metro de Madrid, informa. Las escaleras mecánicas y las cámaras de vigilancia de la línea tres han sido cortadas por las obras hasta nuevo aviso”. El atractivo joven de aspecto recatado decide resolver la única ecuación que se le resiste a Pi. 

¿No es tan fácil como parece, verdad? – pregunta a la chica.

El rostro de Pi languidece. Hijo de puta. Era él. Jamás olvidaría aquella voz viscosa pegada a sus pechos. Ni aunque pasaran décadas. Hace dos años escuchó la misma expresión en la parte del copiloto de su viejo Seat Panda. “¿No es tan fácil como parece, verdad?” Era él. Cabrón. Era él, tenía que serlo. El pasamontañas tapaba sus facciones, pero no camuflaba su voz. Ni la silueta. Un cuarenta y tres de pie. Piernas largas, al menos un metro ochenta y tres. Ochenta y dos kilos. Talla cuarenta y dos de pantalón, aproximadamente. Camisa L. Era él. Pi comienza a temblar.

Puedo ayudarte –insiste.

Una lágrima se escapa de los ojos de Pi hasta dividirse en dos mitades. No había vuelto a conducir desde aquella noche. Un aparcamiento solitario es la invitación a una resta de dignidad. La multitud del metro al menos era la suma de soledades, una multiplicación de miradas perdidas. La protección anónima de la masa. La tercera casualidad lo había conducido a él. ¿Quién ordena el caos? ¿Alguien de arriba? También nosotros podemos dar forma a la anarquía. Él lo hizo aquella noche. Lo tenía todo planeado. Y le salió redondo. Todo problema tiene varias soluciones. Ella no fue capaz de descifrar su ecuación hace dos años. Le dio morbo ponerla a prueba. Una mente enferma. Un macabro juego. Un sencillo problema de niños. Manzanas y peras. Una resta y dos sumas habrían bastado. Falló. Después sacó las oposiciones. Pidió la plaza de matemáticas en el instituto. Podría haberse salvado. ¿Por qué habría estudiado letras? Siempre le dijeron que no servía de nada. No hay futuro el las letras hija, decía su padre. Las palabras son calientes, provocan sentimientos. Los números son fríos, pero hacen las cuentas. Una poesía es prescindible. La tabla de multiplicar no.

“Metro de Madrid, informa. Las escaleras mecánicas y las cámaras de vigilancia de la línea tres han sido cortadas por las obras hasta nuevo aviso”. Última parada de la línea seis. Momento del trasbordo. “Parada en curva. Tenga cuidado al poner el pie entre metro y andén”. El chico se baja sin despedirse. Pi baja tras él. Tirita. Suda. Lo sigue. Dolor. Mucha gente alrededor. Seis y treinta de la mañana. El hijo de puta se dirige a la línea tres. No funcionan las escaleras mecánicas. Camina rápido con su periódico bajo el brazo. Parece tener mucha prisa. Cuando llega al andén aún no hay nadie. Se sitúa frente a la línea amarilla y enciende un cigarrillo. Está prohibido. Pi se acerca. Llega el tren. Él se pone las gafas que lleva sobre la cabeza. “¿Aún no lo has resuelto?”, dice con una sonrisa. Pilar responde: “Sí. La solución era 3.14 periódico”.

            Seis y cinco. Ocho viajes en su tícket. Pi coge un periódico al pasar el torno. Cero pesetas. Es gratuito. La ventaja de madrugar. El trayecto hasta el trabajo es largo. Una hora y nueve minutos, once paradas, tres transbordos. Líneas seis, uno y cuatro. Ochenta pasajeros por vagón y dieciséis asientos. Quince kilómetros cuatrocientos metros hasta el instituto. Las dos puertas se abren y una resaca humana la arrastra hasta un océano de pisotones y manotazos. Se agarra a la barra vertical con su brazo en ángulo recto y otea la abarrotada perspectiva. Da la vuelta al periódico. No más sudokus. Mejor el crucigrama. Letras. Mientras tanto, un adolescente se sienta frente a ella. Lleva un cuaderno. Escribe derivadas, integrales y logaritmos. Un cuarenta y tres de pie. Piernas largas, al menos un metro ochenta y tres. Ochenta y dos kilos. Talla cuarenta y dos de pantalón, aproximadamente. Camisa L. Es uno de sus alumnos. Le gusta Pi. Mucho. Él le puso su mote. 3,14. Un chico listo. El alumno levanta la vista y lee el titular del periódico de Pi. “Un profesor de ciencias exactas se suicida en la línea tres del metro de Madrid. El joven, de veinticinco años de edad, padecía problemas psicológicos”. Hoy Pi parece alegre. Ha resuelto el crucigrama a la primera.

 

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  • Amando Carabias

    septiembre 11th, 2011

    Soy de letras, total y absolutamente de letras, aunque algunas cosas de las matemáticas me gustaban. Las que mi cabezota era capaz de entender.
    Soy de letras, porque probablemente no supieron llenarme de vida a los números, como este relato que es simplemente maravilloso.
    A veces tomarse la justicia por su mano es como resolver una ecuación, sin que nadie sepa que la has resuelto.

  • Elèna Casero

    septiembre 12th, 2011

    Decir que el relato es bueno, es una obviedad. Es original e inquietante.
    Sello de Manu

    Un placer

  • Rosa Martínez

    septiembre 15th, 2011

    Lo he leído del tirón casi sin respirar, muy bueno e inquietante. Enhorabuena!!!

  • Elysa

    septiembre 15th, 2011

    Muy bueno e iquietante, se lee casí sin respirar deseando saber, por qué, qué misterio encierra Pi.

    Un placer.

  • Javier Ximens

    septiembre 15th, 2011

    Me parece un extraordinario relato, con un tono matemático, rítmico, con frases muy cortas, como si estuvieras cantando números. No me extraña que lo premiaran.

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