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Paco Umbral en el Olvido. Por : Javier Carrasco.

 

gijonLa tarde en que llegué al café Gijón no habían matado aún al diputado de Herri Batasuna, Josu Muguruza. Lo harían horas después, en un restaurante vasco de la calle Alcalá. Umbral ya me estaba esperando para una entrevista que yo colocaría en el periódico Las Provincias de Valencia. Umbral estaba sentado de espaldas a la pared, cerca de Alfonso el cerillero, que vendía lotería, tabaco y El Independiente en la entrada del café. El escritor, desde su posición de dominio, observaba el local y era saludado por casi todos, que parecían enorgullecerse de su presencia. Al Gijón le había dedicado, años antes, uno de sus libros más hermosos.

 Yo era entonces un estudiante de periodismo con tanto empuje como inexperiencia. Cuando le llamé a su dacha de Majadahonda (¿o era Puerta de Hierro?) para proponerle la entrevista pensaba que me diría que no. Pero me equivoqué; con su voz grave y segura aceptó verme en el Gijón, y allí me fui acompañado por un amigo fotógrafo, con las prisas y los nervios metidos en el cuerpo, las preguntas escritas en un folio arrugado, la ilusión intacta por conocer a uno de mis escritores favoritos y el temor a ser desilusionado.  ( Javier Carrasco).

 






Umbral en el Olvido. Por : Javier Carrasco.

Hoy Umbral ha caído en el olvido. Les sucede a todos los escritores después de su muerte. De la suya hace seis años. Con la excepción de Mortal y rosa, del que conservó su dedicatoria, apenas se reeditan sus libros. Su viuda María España y el último diario en el que publicó sus columnas hacen lo posible por mantener viva su memoria. Pero se le lee muy poco. Umbral ha seguido los pasos de escritores tan diferentes como Benet, Alberti, Cela y García Hortelano, arrinconados en la memoria de los lectores, unos más que otros. El público es así de caprichoso: en vida, cuando eres popular (cosa que no le sucedió a Benet ni a García Hortelano) te lee, y después de muerto te ignora. Pero sucede también que al cabo de un tiempo, y no siempre por razones que puedan explicarse, se produce la recuperación de la obra de un novelista o de un poeta. Entonces se asiste a su resurrección, y las nuevas generaciones lo hacen suyo convirtiéndolo en uno de sus contemporáneos. Es como si fuera necesario pasar un tiempo en el purgatorio de las letras para salir fortalecido. Lo cierto es que la mayoría no regresa de su ostracismo. En el mejor de los casos, sus novelas se venden en las librerías de lance a precios de saldo.

 

tertuliano.(Foto El Mundo)

tertuliano.(Foto El Mundo)

Ignoramos qué suerte le deparará a Umbral. Él acabó desengañado de la fama; hoy se reiría de la posteridad. ¿Qué Umbral perdurará? ¿El Umbral novelista? ¿El ensayista? ¿El articulista que nos contó la transición y el ascenso y la decadencia de los socialistas? Tengo por seguro que el Umbral columnista, equiparable en importancia a Ruano y Camba, seguirá vivo. No hubo un cronista más brillante de esta democracia, primero de sus años de esperanza y después del desencanto. Umbral, el columnista a quienes todos los hombres de poder temían, el rojo deseado por las señoras del barrio de Salamanca, el dandi que como Baudelaire aspiraba a ser sublime sin interrupción, aquel Umbral que era paciente con cada una de mis preguntas, sordo de un oído como puede comprobar, Umbral ácido y tierno, el que hacía alta literatura en los periódicos, ese Umbral me atrevo a decir que resistirá la prueba de los años.

 

Del Umbral novelista, cuyo porvenir es más incierto, me quedo con cinco o seis títulos que se inscriben en la literatura del yo, a excepción de Leyenda del César visionario. ¡Cómo no recordar Mortal y rosa, que le garantiza un hueco en la historia de la literatura española, Las ninfas, El hijo de Greta Garbo o Un ser de lejanías! Antes de escribir este artículo he releído algunos de ellos y me he dado cuenta de que no han envejecido. Siguen recordándome al hombre que se construyó un personaje e hizo de su vida la materia de su obra, con un castellano brillante que bebe en fuentes tan recomendables como las de Quevedo, Larra, Torres Villarroel, Ramón Gómez de la Serna y Valle-Inclán.

 

Sólo ha habido dos escritores que me hayan hecho feliz leyéndolos, inmensamente feliz. Uno de ellos es Umbral con su Trilogía de Madrid y el otro Guillermo Cabrera Infante con La Habana para un infante difunto, el relato de un adolescente en los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado. Cabrera Infante ya no está tampoco entre nosotros. Umbral se nos fue en 2007, justo antes de que todo se viniera abajo (¿cómo no pensar en lo que hubiera escrito sobre esta crisis?), pero quienes le conocimos y le leímos casi con devoción, confiamos en que su obra vuelva a despertar el interés de los lectores. Entretanto, una minoría seguiremos devorando su obra en los libros de la vieja colección Destino, aquellos ejemplares de tapas blandas, hoy amarillos por el paso del tiempo, que compramos por 500 pesetas y que, a la vista de la basura editorial que se publica en estos días, los consideramos una de nuestras inversiones más rentables.

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  • catherine

    septiembre 24th, 2013

    Aun con el final de algunas frases desaparecido es un bello homenaje a este autor y un artículo de profesional.

  • Alenarte Revista

    septiembre 25th, 2013

    Catherine; no es el articulo, es tu navegador de internet. El explorer en muchas ocasiones no carga bien. Prueba a leeerlo con google chrome.

  • catherine

    septiembre 25th, 2013

    Gracias, Alena. No es la primera vez que me pasa.

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